Bien adelantada la centuria de mil novecientos, finales de la
década de los sesenta, ya contaba yo con diez años, edad suficiente con la que se
empieza a comprender muchas cosas. Recuerdo que los cazadores de aquella época
repartían su tiempo entre los jornales esporádicos y la captura de cualquier
animal que sopesara el gasto en la manutención diaria de la familia, este era
el comportamiento más común de muchos de los habitantes de la zona rural donde
me crie.
La caza, era en aquellos entonces un bien natural que venía a
mitigar el hambre en muchos hogares sin otros recursos de subsistencia y que
además, significaba una tabla de salvación para los escasos ingresos económicos
que hasta entonces se producían en muchas de las familias españolas de aquella
época.
Mi padre un hombre endurecido por el trabajo férreo del
campo, no dudaba en escaparse a cazar en cuanto encontraba la primera
oportunidad, lo mismo le daba de noche, que de día, cazaba al rececho y a la
espera, pues no se podía permitir hacer un disparo sin cobran una pieza, el
recargaba sus propios cartuchos acondicionándolos a las diferentes piezas sobre
las que disparaba, principalmente de la menor.
A través del atavismo rural y familiar, la pasión por la caza se empezó apoderar de mí y desde edad muy temprana comencé mis primeras experiencias tras los animales del campo. Después de toda una vida cazadora en un territorio donde nunca hicieron falta leyes tan extremas como las que se están aplicando en nuestro tiempo presente, acentuadas por la presión de los colectivos (Ecologista y Animalista), observo como estas propias medidas que en principio deberían ir dirigidas a la conservación y mejora de los animales salvajes en los diferentes ecosistemas, son en muchos casos las verdaderas responsables del deterioro que, según algunos, se pretenden evitar.
Que algunas especies están en franco retroceso, sobre todo en
la menor, ya hace tiempo que dejo de ser noticia para el humano cazador y lo
que es peor, hemos inventado y aceptado de buen grado el sistema más decrépito
y decadente para seguir cazando, “LA CAZA DE GRANJA”, algunos podrán afirmar que esto de salir los domingo a capturar animales que
previamente han sido liberados de sus jaulas, “ES CAZAR”, pero yo creo
firmemente que estos hechos comparándolos con la caza brava tradicional se
encuentran a años luz de la realidad conocida.
La verdadera caza, exige unas condiciones previas de
todo tipo: naturales y sociales, que para bien o para mal, se dan cada día
menos en nuestra época. La sociedad humana se aleja cada día más de la
naturaleza, la contamina y la corrompe. Y como la caza es una inmersión del
hombre en la lucha primaria de esa naturaleza, la caza tiene cada vez menos marco
y ambiente. La caza nada tiene que ver
con las “MODAS”, ni con los “TROFEOS”, ni con todas esas garambainas que en la
actualidad la mixtifican, envilecen y acaban con ella.
Tenía mucha razón D. Diego Muñoz de Cobo y Ayala
cuando escribía a principios del siglo XX, refiriéndose a las monterías auténticas
a la montería pura: “Como un conjunto de hombres ricos, pobres, sabios,
ignorantes, pero todos apasionados más que aficionados, todos a una, a matar
reses”. Con el dicho queda explicado sin molestias para nadie, el porqué del
general fracaso de las llamadas hoy monterías, que generalmente las consagra el
lujo, la moda, el sport, pero no la afición. Los adelantos modernos son de
mucho aplaudir, se aceptan y se admiten, pero pugnan con la verdadera montería,
donde necesariamente todo ha de ser viril y bravío. Dos adjetivos que en estos
tiempos deben hacernos meditar con nostalgia.
La caza autentica, se podría definir, como la aventura
del hombre libre en la naturaleza libre para apoderarse de las bestias libres,
sin más restricciones que las que impone la naturaleza o el cazador se impone a
si mismo por razones éticas o económicas. El ideal del cazador sería un inmenso
bosque o llanura por donde pudiera andar a todas horas sin más limites que los
que se acaban de citar. Un montero en las selvas medievales europeas o un
trampero de los conocidos en América hasta mediados del siglo XIX, podrían
servir como ejemplo del verdadero cazador.
Pero consideremos la cosa, que tiene mucha más miga de
lo que a primera vista parece. Se dice que el hombre caza para apoderarse de
los animales libres. Es la definición clásica. Pero en la actualidad, el hombre
ya está cazando mayormente con los animales que repuebla criados por él, eran
ya suyos, estaban en sus manos y el los soltó en el monte para darse el placer
de perseguirlos, matarlos y apoderarse de nuevo así de ellos. Lo que busca,
pues, el hombre, en tales circunstancias no es la utilidad de hacer suyos los
animales por sus carnes, pieles, etc, ni tan siquiera defender de ellos sus
ganados o cosechas. Lo único que busca es el placer de perseguirlos y matarlos
y para eso, “UNICAMENTE PARA ESO” los crió y los liberó.
La moral tradicional, la ética del cazador, le permite apoderarse de los animales libres en el campo, que no son de nadie: “res nullius” y pueden pasar al poder del primero que los ocupe: “primo ocupanti”. Es decir: “res nullius cedit primo ocupanti”, o sea la cosa de nadie pertenece al primero que la coge o posee. Es un principio jurídico muy antiguo que consagra uno de los más claros medios de alcanzar la propiedad.
Bien, hasta ahí estamos de acuerdo: es lícito
perseguir y matar los animales que no son de nadie. Pero ¿hasta qué punto
continua esa licitud en relación con los animales que nosotros criamos (que ya
son nuestros) y los soltamos para condenarlos a la cruel existencia de los
animales libres, les perseguimos con perros feroces y les causamos dolorosas
heridas?? La respuesta a esta pregunta ofrece muchos reparos y matices que nos
obligan a discurrir con cautela.
Yo personalmente me inclino por una contestación
negativa. No me parece lícito ni moral criar perdices o jabalíes cuando la
finalidad de la cría es andar luego con ellos a tiros. Creo que es
perfectamente lícito criar un animal para matarlo en nuestro provecho, matarlo
de manera industrial y sin dolor, pero no para divertirnos con la muerte del
herido fugitivo. Yo puedo criar perdices para comérmelas; pero no para darme
antes el placer de matarlas a tiros e un ojeo de corral. La caza brava es una
actividad lícita y hermosa, llena de tradiciones, hasta se le puede catalogar
de sublime, pero de lo sublime a lo ridículo solo hay un paso.
LA CAZA TIENE UNOS PRINCIPIOS PARA QUE PUEDA SER CAZA
DE VERDAD, DEBE SER UNA ACTIVIDAD NATURAL, ESPONTANEA, SILVESTRE Y BRAVA.
En esto de la caza están ocurriendo algunas cosas muy
extrañas, pero muy propias de esta sociedad hedonista, llena de pedanterías,
mistificaciones y autoengaños.
No resulta extremadamente necesario discurrir mucho
sobre lo que este relato quiere dar a entender, todos los cazadores estamos al
tanto ya de cuáles son las tendencias y directrices de la caza en nuestros
días, una política desastrosa que nos lleva directos a la abolición de la caza
real o brava, o quizá de la caza en general, como pretenden algunos. En lugar
de ayudar a las sociedades de cazadores locales y cotos tradicionales en la
conservación de su hábitat fomentando la multiplicación de especies autóctonas,
nos llenan los campos de gallinas, venados y jabalíes criados en jaulas y
cercones esparciendo enfermedades y copulando con lo salvaje.
Como de costumbre os dejo unas cuantas fotos de caza
con mis perros, algunas recientes otras más antiguas, pero eso sí, todas con
caza salvaje.
Saludos y buena caza compañer@s.
DEL BRAVO JABALÍ,
PODEROSA MOLE FUSIFORME QUE TALADRA LOS MONTES Y ABRE EN CANAL LOS PERROS
El jabalí, el señor de los bosques,
es la fiera principal que se mata en montería, y por tanto, el cazador debe
estimularse por llevar a cabo con el mayor lucimiento posible la rendición de
esa fiera; el que lo consigue adquiere entre sus compañeros el título de hábil
y diestro cazador.
José Navarrete: En los montes de la
Mancha.
Madrid, 1879.






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